Jesús ha enseñado muchas veces a sus discípulos y a la gente que lo buscaba, que la enfermedad no es la consecuencia de un pecado personal o familiar que se arrastra generacionalmente.
La enfermedad hace que el enfermo viva su situación vital con dolor, vergüenza e impotencia. Excluido de la comunión con Dios y con la comunidad, debe vivir su enfermedad en la marginalidad. Frente a las personas enfermas Él siente una compasión que se traduce en sanación y curación integral. Por eso, siempre ha buscado acortar las distancias que imponían la religión y la costumbre social.
Pero en el caso de Lázaro de Betania pasa algo distinto. Él y sus hermanas, Marta y María, eran amigos personales de Jesús. Frente a la noticia de su enfermedad no acude enseguida para acompañarlo o sanarlo. No solamente declara que la enfermedad no era mortal, sino que «se quedó dos días más en el lugar donde estaba».
Jesús no demora su ida a Betania por negligencia, sino porque la enfermedad de Lázaro le permitirá realizar un signo que confirmará la fe de Marta, de María, de sus discípulos y de los judíos que estaban allí.
La fe nace del encuentro con Jesús, se alimenta de su palabra, crece con la experiencia de su amistad, y madura cuando se inserta en la realidad.
Por eso, la fe, como la esperanza o la caridad, no se pueden improvisar en la vida cristiana.
El dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la soledad o la muerte son vivencias complejas que ponen en evidencia las motivaciones verdaderas que hacen de un ser humano una persona de fe. Cuando las motivaciones no son claras o no son maduras, la persona de fe puede ceder ante el miedo, la desesperación o la angustia.
O bien, busca intelectualizar el dolor o recurrir a lo mágico para intentar encontrar una explicación que no ponga en evidencia su verdadera situación.
Jesús frente a la vida de su amigo Lázaro, asume la realidad de su muerte y la enfrenta. Es así que camina hacia Betania. Este era un lugar donde Jesús vivía el dinamismo humano esencial de la amistad: amar y ser amado con madurez y libertad. Por eso, ante la muerte de su amigo Lázaro Jesús no permanece indiferente ni distante. Tampoco se posiciona como un simple espectador resignado ante un final irreversible. La muerte de su amigo y el dolor de sus amigas tocaron el corazón de Jesús. Y así, ante las lágrimas de María se conmovió en su espíritu y se estremeció. El Señor lloró y conmovido en su interior, llegó a la tumba de Lázaro.
¿Cómo vivimos el misterio del dolor y de la muerte? ¿Con resignación, con indiferencia o con fe? ¿Nos animamos a responder personalmente la pregunta que Jesús le hace a Marta de Betania? ¿Creemos que Jesús es nuestra resurrección y nuestra vida?
Frente a la proximidad de la Semana Santa meditaremos la experiencia del dolor y de la esperanza, realidades que nos acompañan siempre. Nos aprestemos a vivirla con mucha fe y confianza
Fuente. P Rubén Martínez op.